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SANTOS Y MARTIRES

Cuando hace dos años comencé a pintar una serie de cuadros de tema religioso, lo primero que quería hacer, era rendir una especie de homenaje al gran tema que durante siglos había sido prácticamente el único al que se habían dedicado todo tipo de artistas y artesanos. En el románico la pintura encontró su refugio en los murales de los interiores de las iglesias. Durante el gótico sirvió para pintar el misticismo imperante, y en el renacimiento, época de resurgimiento cultural, las Madonnas y las Vírgenes son todo un aliciente, un deleite, un acicate, sin el cual muchos pintores de ese momento y de épocas posteriores no hubieran podido llegar a expresarse, por no decir que algunos no hubieran ni existido. Son muchos los pintores que se encontrarían en estas circunstancias, siendo posiblemente El Bosco el ejemplo mas claro, pues toda su pintura es prácticamente de tema religioso. Es decir, la iglesia era el gran cliente, el mecenas que sostenía con sus encargos las grandes obras que hoy todos podemos disfrutar en museos y catedrales.

Y sin embargo, y pese a todo, la pintura religiosa entró, y aún permanece, en una fase de letargo del que aún no se ha repuesto. Salvo notables excepciones raras son las ocasiones en que un artista se acerca de nuevo a uno de los grandes temas de la historia de la pintura. Hay quién piensa, creo que acertadamente, que esto se debe a una progresiva falta de fe, a un deterioro, posiblemente justificado, en la creencia de un dogma inflexible e inconcuso que no admite discusión. Sea como fuese, lo cierto es que se hace poca pintura religiosa, y la poca que se hace o no nos llega o no nos interesa. Corren otros tiempos.

Así las cosas, cuando comencé a pintar la serie de cuadros que ahora presento, lo primero que me vino a la cabeza, además de lo anterior, era que quería hacer una pintura que recogiera lo que define a toda religión, es decir, el conjunto de sentimientos y de normas morales que obliga a todo creyente. Pensaba en la religión, pero más que pensar exactamente en “la religión”, lo que verdaderamente tenía en mente era la idea de la renuncia, de la privación, de la entrega y del sacrificio que prevalece en todos sus seguidores, se trate de la religión que se trate. Lo que verdaderamente me interesaba eran las consecuencias, en muchos casos dramáticas que muchos fanatismos, religiosos o no, arrastran consigo.

Por eso especialmente me interesaban los mártires, de ahí el título de la exposición, “Santos y Mártires”. La religión católica, una de las tres grandes religiones monoteístas del mundo, es pródiga en santos, y a causa de su persecución es igualmente pródiga en mártires. Los mártires, a diferencia del resto de los santos, se han ganado la palma del santoral por su obstinado cumplimiento de un deber, por su fe ciega en una creencia, por su fanática postura respecto de quién intenta convencerle de lo contrario. Los mártires, a diferencia de muchos del resto de los santos, se han ganado el cielo no por sus sabios conocimientos, por sus elocuentes escritos, por sus inmaculadas vidas, sus notables influencias o sus interesadas componendas. Los mártires se han rajado de arriba abajo, se han cortado el cuello, se han asaeteado, lapidado y asado vivos. Y si digo “se han” y no “les han” es porque los mártires, o muchos de ellos, han sido voluntarios entusiastas en el momento del sacrificio, en el acto de quitarse la vida. ¿Y si no como entender a un San Lorenzo que una vez quemado de un lado en la parrilla pide que le den la vuelta para que le asen del otro lado y le coman? ¿O a Santa Lucía, de la que se cuenta que se arrancó los ojos para no agradar a su prometido? Los mártires se han encontrado, mal que nos pese, con lo que anhelaban.

Si he hablado en un primer lugar de los mártires, dejando al Pantocrátor y a los Apóstoles en un segundo lugar, es por establecer una clara diferencia entre los unos y los otros, diferencia que existe, creo yo, no solo en el tratamiento formal que obviamente tienen entre ellos, sino en la misma concepción de lo que uno y otro grupo significan. Si el Pantocrátor y los Apóstoles son el embrión, el principio de la religión que nace, los mártires son los seguidores entusiastas de lo que los primeros predican. Dicho de una manera gráfica, el Pantocrátor y los Apóstoles son el inicio, “la hoja en blanco” de un libro que conforme avanza se complica y se enreda. De ahí que haya querido establecer un mayor dramatismo en función de la cercanía o de la lejanía al Pantocrátor, al que todos miran.

Cuando terminé la realización de esta cosmogonía de la fe, lo único que me faltaba era el epílogo ceremonial al que asistirían los creyentes y no creyentes. No hay religión que no tenga en su médula, como premio o como castigo, la recompensa o la pena. En la nuestra es el cielo y el infierno. Pero si al cielo y al infierno se accede, según cuentan, los unos tras una vida de sufrimientos y de privaciones y los otros tras una vida de excesos y de vicios, yo he pensado, si se me permite la expresión, mandar al infierno a todos los capullos que nos amargan la existencia y a los pesaos que no paran de dar el coñazo. Por el contrario creo que deberían de ir al cielo aquellos que regalan una rosa, que leen libros, los poetas y, por supuesto, mis amigos.

No quería acabar esta exposición, sin homenajear la alegría por vivir que todo ser humano debería de tener en sus entrañas. Y para ello nada mejor que hacerlo con Sant Sadurní, que nos invita a celebrar, con una copa de buen cava, la pasión de la vida.

Sant Sadurni d’Anoia
Septiembre 2007

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